Tequila, sal y limón

Hoy es miércoles por la mañana. Si no fuera así, no estaría aquí escribiendo. Sólo escribo los miércoles, porque es cuando me siento inspirado. Debe ser porque mientras los demás se preparan para cumplir con su rutina laboral, yo aún puedo andar en pijama por la casa, despeinado y sin afeitar. Es lo bueno de ser escritor: puedes imprimir a tu vida un ritmo distinto.

El ritmo de mi vida es un ritmo sin compás, que depende por completo de los miércoles por la mañana. Los hay buenos y malos. Los buenos, son aquellos en los que no pienso en comer, en lavarme, en nada excepto escribir. Los malos, son aquellos en los que hago de todo antes de comenzar, porque la soledad me impide pensar. He llegado a la conclusión de que escribo para acabar con el sentimiento de indefensión, tragedia, desilusión y nulidad, que provoca el sentir que tu paso por el mundo no significa nada para nadie. Con un libro puedo cambiar la vida a cualquiera durante un instante, pero nadie quiere que alguien como yo cambie su vida para siempre.

Los miércoles por la mañana se han convertido para mí en una escapatoria, son una forma de ignorar mi presente y una manera de sentir indiferencia hacia el mundo. Suficiencia. Esa es la palabra. Cuando escribo no necesito a nadie excepto a mi ordenador, que depende de mí para funcionar. El ordenador no es más que un superdotado estúpido. Tiene una capacidad de cálculo sobrenatural, pero no puede pensar, ni sentir, ni imaginar. El superdotado, soy yo.

Antes no era tan compulsivo, ni tenía estas manías de escritor obsesionado con su trabajo. Era una persona normal, tenía una familia y todo lo que se presupone deseable en la vida. Pero ésta da muchas vueltas, unos nacen y otros mueren. Mi familia murió. La maté yo, con mi coche. Maldigo al tequila, sal y limón. Solo escribo los miércoles por la mañana, porque mi familia murió un miércoles. Me he condenado a mí mismo a cadena perpetua. Soy esclavo de mi delito, a través de las palabras. Ignoro cuántas puedo escribir por minuto, cuántas a la hora o durante un día. Son demasiadas, sin duda, porque tengo miles de páginas impresas, aunque sin orden alguno. Un desperdicio de talento, un derroche de imaginación, una pérdida de vitalidad. 

Mis padres me llaman todos los miércoles, porque saben que escribo. No quieren que escriba, pero lo hago. No contesto al teléfono, porque sé que son ellos. Ellos también saben que yo sé que lo saben, pero lo intentan. Un día descolgaré, lo haré y habrá significado mi salvación. Todos los miércoles a las doce suena el teléfono. Son las doce menos cinco. Aún no ha sonado, pero lo hará. Mis padres quieren salvarme la vida, pero mi vida se perdió en aquel accidente. Igual que mi literatura, que yace aquí y allá, desperdigada por toda la casa. Fragmentos sueltos, incoherencias, obsesiones de escritor profano. Porque escribiendo continuamente sobre lo que sucedió, no hago más que profanar su memoria. 

Me gusta escribir sobre mi hija, la pequeña Leticia. Escribo cuentos sobre ella, es la protagonista de la mayoría de mis historias. Es una princesa de cuento, un cuento; una niña de pueblo, un pueblo; una criatura de otro planeta, otro planeta. Hay cuentos en los que todas las cosas se llaman Leticia. Todas las palabras se escriben Leticia, pero significan cosas distintas. Leticia puede significar cafetera, o mesa, o silla, o fregadero, o perro, o bolsa de basura, o escritor inhumano. Leticia es un nombre que significa todas las cosas, que encierra todas las palabras. Leticia en mis cuentos es la palabra universal. Solo se averigua el significado exacto, en cada momento, a través de su mirada. Esa mirada indica que Leticia significa cafetera, o mesa, o silla, o miércoles o lo que sea. La mirada es también Leticia. Porque desde que murió solamente hay una mirada, la de sus ojos vidriosos, muertos, insensibles. Es la única mirada que recuerdo, y todas las miradas son su mirada. 

Sara no tiene mirada, murió con los ojos cerrados. Cuando tengo pesadillas siento miedo, porque intenta abrir los ojos. Temo su mirada, porque es amenazante, acusadora, es una mirada de terror. No existe, pero me atormenta. En mis historias Sara no es todos los nombres, pero sí es todas las mujeres. Todas las mujeres de mis relatos son como ella, todas poseen alguna de sus cualidades. Todas comparten su nombre, o la inicial de su nombre, o el encanto de su nombre. Todas son Sara porque así llenan mi vida del vacío inmenso de su ausencia. Describir a Sara en el cuerpo de otra mujer es una forma de recordarla, de rememorar sus caricias, su manera de agitar el pelo, de dar un codazo, de hacer un guiño, de comer mordiendo la cuchara… 

Yo también estoy muerto. Fallecí aquel día, junto a mi familia. No soy más que un espectro. Lo siento, lo intuyo, pero no quiero aceptarlo. El teléfono suena solo en mi recuerdo, por el apego que siento al mundo real, que ya no es mundo. Vivo de mis recuerdos. Mi alma vaga en pena, mientras mi cuerpo se recupera en un hospital de las heridas. Estoy en coma. Mi cuerpo espera al regreso de su alma, que está en el hogar. Desaparece durante toda la semana y reaparece los miércoles. Para escribir en papel imaginario la historia de un padre que mató a su hija, de un marido que asesinó a su esposa, de un alcohólico que no pudo evitar la colisión con un camión, de un hombre que desearía ser otro hombre. Adrián es un hombre que ha muerto estando vivo, y no hay peor muerte que esa. Un hombre que yace en un hospital, sin alma. Adrián es un escritor sin cuerpo, que está muerto, pero respira. Adrián es un alma errante, que algún día, por el motivo menos esperado regresará a su cuerpo. Adrián es un hombre que un miércoles cualquiera, de una semana sin más, de un mes indistinto y un año sin importancia, a las doce regresó a la vida, agitado por el sonido de un teléfono en el hospital. 

Entrada publicada originalmente en http://www.dekrakensysirenas.com

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Por las ramas – @entimola

Origen: Por las ramas – @entimola

 

Me gusta sentarme a la sombra de un árbol, para fantasear entre bocanadas de humo sobre mi futuro. Uno de mis pensamientos preferidos es viajar al pasado para nacer de nuevo con todos mis conocimientos. He pasado tardes enteras elucubrando desde mi presente imperfecto cómo actuaría en los momentos clave de mi vida para tener un futuro mejor. Mientras miro a la copa de este árbol me imagino a mi mismo convertido en Cósimo, El Barón Rampante de Italo Calvino, encaramándome para siempre, en un gesto de rebeldía, a esta encina que ha crecido conmigo. Cada rama atesora un recuerdo y, de tanto observarla, sé que sería capaz de dibujarla con los ojos cerrados, desde la raíz hasta la copa. Las ramas se han torcido como los renglones de mi vida, para hablar de mi.

Hoy he decidido subir a la encina, hay una rama baja que me permite hacerlo sin esfuerzo. Es la primera rama de mi infancia, me siento en ella con los pies colgando y vuelvo a ser el niño que jugaba en casa revolviendo todos los cajones y que se sabía de memoria dónde estaba cada cosa, sobre todo las herramientas de papá. Cierro los ojos por un momento y me asalta el recuerdo de sus grandes manos ásperas, que me acariciaban el pelo con fuerza y su inconfundible olor a tabaco negro, mezclado con el varonil tufo de esos obreros que se duchaban con jabón de manos y que olían a flores, antes de que se acostumbrara a usar desodorante. Tengo que cambiar de rama, porque esa parte de mi pasado no la cambiaría, en ella canta mi padre al sonido de una guitarra y mi madre lleva delantal, sus manos huelen a lejía, me acaricia la cabeza para que duerma a su lado la siesta hecho un ovillo y me prepara mi postre preferido, plátanos con galletas. Me gusta cada instante de ese fragmento de pasado, inmortalizado en una rama limpia, sin asperezas, que se balancea bajo mi peso como si aún fuera joven, convertida en aquel niño que aprendió a leer tempranamente con una antigua edición de El Quijote ilustrada con grabados.

Subo a la siguiente rama grande apoyándome en las más pequeñas que rememoran todos aquellos conflictos que pasaban desapercibidos a la mirada inocente de un niño empeñado en convertir toda circunstancia en un juego. La rama de mi adolescencia tiene muchos salientes punzantes, debo sentarme con cuidado para no arañarme las piernas. Sonrío al ver en la madera grandes manchas blancas que simbolizan mis numerosas pajas diarias viendo catálogos de lencería en los que a las chicas, de caderas rotundas, se les transparentaba su cuidado y oscuro vello púbico en sus bragas de encaje semi transparente a la altura del pubis. En otros modelos más recatados, también era evidente el redondeado bulto del pubis y la belleza era aún natural. Me gustaban las páginas que contenían una foto frontal y otra de espaldas, desde entonces he admirado la belleza de las nalgas al sobresalir de las bragas por su parte inferior describiendo una curva sensual, objeto de marranas fantasías. Pasó algún tiempo hasta que cayó en mis manos la primera Interviú, aún recuerdo aquel pubis castaño, perfectamente recortado en un foto a página desplegable de una joven tumbada boca arriba mirando a cámara entre tímida y apesadumbrada por mostrar en público su púbica desnudez. Esa revista desapareció en la basura, con las páginas acartonadas por mi primera simiente.

Tampoco cambiaría esa etapa de descubrimiento, de miradas lascivas de un rostro imberbe colándose en cualquier escote, descubriendo el mundo en forma de mujer. Las primeras tetas juveniles en mis manos exploradoras, de pezones sonrosados y claros. Las comparaciones exhibicionistas entre los muchachos del colegio, para ver quién la tenía más grande. Siempre yo, entre penes blancos de venas azuladas, algunas con un escroto en claro riesgo de fimosis y otras, como la mía, con un morado glande desafiando al resto entre movimientos rítmicos de las manos. Así funcionaba el orden natural en aquella pequeña muestra no representativa del universo masculino, donde los mejor dotados merecían el respeto del resto. De esa etapa cambiaría algunas cosas, me impondría a mis padres para poder jugar en el equipo de fútbol en lugar de aceptar cabizbajo su negativa, exigiría unas gafas de pasta en lugar de las heredadas de algún miope de la familia y le daría una buena paliza al que se atrevió a ponerme mi primer mote. Pero esos inconvenientes de la adolescencia, no marcaron mi vida presente, así que decido dejarlos como están. Aceptando incluso la ropa prestada y las zapatillas de deporte de marca desconocida.

Miro a lo alto y vislumbro la siguiente rama, me va a costar alcanzarla. Está lo bastante separada de la anterior como para marcar claramente un antes y un después en mi vida. Para subir, tendré que saltar desde la rama de mi adolescencia, justo antes de la muerte de mi abuelo materno, mi primer contacto con la muerte. La vida era más bonita cuando la muerte no formaba parte del trato y era algo lejano, una palabra sin rostro, debidamente ocultada tras el riguroso luto de las mujeres de la familia. Jamás olvidaré la horrible imagen de los labios pegados de mi abuelo, su postura faraónica en el féretro abierto, el tapón de algodón en la nariz, sus manos cruzadas encima del cuerpo y el puto frío de su frente al besarla. Tuve los labios helados durante varios días por culpa de ese beso, llegué a pensar que la muerte me dejaría cicatriz en ellos.

No estoy lo bastante alto como para hacerme daño si no alcanzo la rama al saltar por encima de la muerte de mi abuelo, pero soy consciente de que algún hueso se podría quebrar. Planifico la subida, me pongo de pie en la rama, calculo el salto, me abrazo con ambas manos a la gruesa rama, balanceo el cuerpo hasta subir la pierna derecha y hago fuerza hasta acostarme boca a bajo en la frondosa rama, como si me la fuera a follar haciendo el misionero. Empujo con los brazos y me voy incorporando hasta quedar sentado, las piernas abrazando la rama y los huevos metiéndose hacia dentro para no sufrir.

Estoy en la parte de mi pasado más conflictiva, la de mi primer viaje de estudios al extranjero, mis primeras cajetillas de cigarrillos, mis primeras borracheras, la elección de mi carrera universitaria, el inicio de la larga enfermedad de mi padre, su invalidez total, la pensión, la pérdida de ingresos, todos mis ahorros convertidos en los hierros de mi primer coche al servicio de la familia, el cáncer de mi madre y el pasaporte hacia mi puto presente. De esa etapa cambiaría de estudios, tendría que seguir cuidando de mis padres, pero hoy daría clases de literatura en alguna universidad. Escribiría libros, artículos, no fumaría y me casaría con una buena chica justo después de cobrar mi primer sueldo. Tendría hoy dos o tres hijos, una vida sin grandes pretensiones y una novela guardada en algún cajón o cogiendo polvo en alguna estantería. Me follaría a alguna que otra universitaria, por el placer de adiestrar en el sexo a un perfecto y juvenil cuerpo insaciable. Pero no, no puedo, sé que la economía es mi condena, que necesito ese lucrativo trabajo que me permitió dar estabilidad a toda la familia, con el que pagué la residencia privada a mi padre avanzado el alzheimer. Tampoco cambiaría la dureza de mi polla al cerrar cada negocio, ni las amistades que hice y las mujeres que gritaron exhaustas entre mis sábanas.

Sé que de mi viaje al pasado sólo debo cambiar una decisión, un negocio mal elegido, una mancha en mi brillante expediente. Se trata de la única decisión que justificaría un viaje al pasado, así que me arriesgo a subir a la última rama, a través de cuatro de menor tamaño, es como subir una escalera con el equilibrio y la ridícula pose de un mono que anda seguro sobre las ramas. Un paseo, una escalada de segundos, me lleva a esa flagrante decisión. Corono la encina, me pongo de pie apoyado en el tronco y la mitad de mi cuerpo sobresale del árbol. Ante mí, encuentro una puesta de sol sobre el mar que hace que la escalada haya merecido la pena. En esa puesta de sol interpreto todo mi futuro y me gusta. Miro hacia abajo, me mareo, no sé a qué altura puedo estar sobre el suelo. Soy consciente de que una mala caída puede ser mortal, no he tenido en cuenta mi vértigo y, orgulloso como soy, jamás pediré ayuda a gritos para bajar. Sonrío. Pienso que igual Cósimo pasó toda su vida encaramado a los árboles por su miedo a bajar hasta el presente que se vive con los pies en el suelo. Esta noche dormiré en la encina, pasaré algo de frío, puede que hambre y sed, pero estoy haciendo lo que mejor se me da desde que tengo uso de razón, andarme por las ramas. Cuando resbalo al intentar sentarme y caigo, sonrío sintiendo en el estómago una opresión. Nunca antes me había caído de cabeza desde tanta altura, a cámara lenta. Una rama me perfora el pecho a la altura de la muerte de mi padre, otra rama me abre una herida en la pierna izquierda a la altura del fallecimiento de mi abuelo, otra más me desfigura los labios a la altura del cáncer de mi madre, y cuando me golpeo la cabeza a la altura de mi nacimiento, en ese preciso instante, pienso que si sobrevivo y viajo al pasado, cortaré la puta encina para empezar desde cero.

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El último tren (V): Mínimo esfuerzo

la psicología de los monos

Estoy cansado, la jornada ha sido agotadora, cada día salgo un poco más tarde del trabajo. No tengo la obligación de hacer horas extra, pero suelo perder la mañana haciendo llamadas o fingiendo que salgo a hablar con el móvil, para poder fumar. Pierdo el tiempo deliberadamente, me aprovecho de mi condición de jefe de departamento para acceder a internet con libertad con la excusa de buscar información. Es una empresa pequeña, el único informático no da abasto apagando conatos de incendio en su condición de bombero voluntario, así que nadie revisa los tiempos de conexión. Leo un periódico y otro más, salto de noticia en noticia, busco información irrelevante, me pierdo en cualquier anuncio, reviso la situación de mis cuentas por banca electrónica, luego leo la prensa deportiva, contesto al teléfono, doy instrucciones, órdenes, recomendaciones, envío algún email para dar trabajo más que para resolver algo, vuelvo a salir…

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Amor de amar

Cuando pienso en el amor, soy incapaz de hablar de sentimientos. La mejor definición de amor la haría con una superposición de la imagen de las personas que quiero, y es que me siento incapaz de hablar del amor sin pensar en esas personas y en Ella.

¿Qué es el amor? ¿Cuántas veces lo has sentido? Hablo del de amar, no del de querer. Sí, hay una gran diferencia. Yo no sé describir el amor, solo sé que le veo y me siento  pequeña, que sus brazos me protegen, que me mira y me late el corazón tan fuerte como la primera vez que le vi. Y qué sé yo, si cuando le veo peor más siento que quiero cuidarle, que se vuelve pequeño él para acariciarle el pelo con su cabeza entre mis piernas .

El ego nos engrandece y el amor nos hace pequeños. Qué extraño, ¿verdad?. Yo creo que el amor revela la parte transparente de nosotros mismos, esa que sólo quien ama de verdad tiene derecho a ver. Porque yo en sus brazos me he sentido protegido frente a un mundo que quería borrarme de la faz de la tierra, ese mecanismo tan mío de defensa frente al abrazo ajeno cuando estoy mal se desactiva; lo golpeo, lo agito y se niega a funcionar. Será que cuando nos enamoramos somos más nosotros, compartimos los sentimientos y sin saber cómo, de pronto, dos personas se hacen una. ¿No es maravilloso?. Yo, para definir el amor, tendría que mostraros los matices de su mirada aquella tarde en la que el sol iluminaba su rostro casi tanto como su sonrisa. ¿Qué sabréis vosotros del amor si Ella nunca os ha sonreído con la mirada?. A su lado, no necesito hacerme grande para protegerme de mi entorno, me hago pequeño, dejo de tener miedo y simplemente, me dejo querer. Tal vez, eso sea el amor, perder el miedo a sentir.

Él tan cabal, yo tan caos, y en el punto medio Nosotros. Llámalo como quieras, pero yo no quiero estar sin él, aunque pueda.

Y es que ese extraño equilibrio del Nosotros, también define al amor.

* Escrito a cuatro manos con @_soloB

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Tato, Tito y Toto: Los trillizos aventureros

Tato siempre fue el más activo de todos, de hecho, en la tripita de mamá ya demostró sus dotes innatas para la gimnasia: daba patadas por los tres, hacía el pino y saltaba a la comba con el cordón umbilical. Al principio había espacio de sobra para sus cabriolas y no resultaba demasiado molesto, pero según fuimos creciendo y el espacio se volvió más reducido, la cosa se hizo más complicada. Teníamos las piernas llenas de moratones y debíamos movernos continuamente para evitar las caídas de Tato cuando hacía mal sus ejercicios. Creo que a mamá le molestaba tanto como a nosotros, porque cuando papá le preguntaba si “el del medio” seguía dando patadas, suspiraba muy hondo y el corazón le latía más rápido de lo habitual. Cuando papá le decía que tendrían que llamarlo Ronaldo y apuntarlo en la escuela de fútbol, mamá se ponía a llorar mimosa y no paraba hasta que papá no la abrazaba y la llamaba “tontita”, “gordita mía” o bien le decía que aún estaba muy guapa y que la quería muchísimo.

El colmo fue cuando a Tato le dio por perfeccionar su técnica de hacer el pino allá por el noveno mes de embarazo. Se empeñó en hacerlo con una sola mano y acabó cargándose aquella especie de bolsa tan cómoda en la que estábamos. Encima se derramó todo el líquido amniótico… ¡con lo calentito que se estaba en la tripita de mamá!. Afortunadamente encontramos una salida a tiempo que, aunque era un poco estrecha, nos permitió alcanzar el exterior.

Siempre he pensado que a mamá le sentó muy mal que rompiéramos la dichosa bolsa, porque no paró de gritar hasta que salimos y luego un señor con bata verde nos pegó repedidas veces en el culete hasta que empezamos a llorar. Tato se hizo el fuerte y aguantó los golpes como un campeón, hasta que otro señor muy feo con bata blanca lo miró muy de cerca con su cara de perro, unas antenas en las orejas y el bigote más peludo del mundo. Tato se asustó tanto que se la cara se le puso de todos los colores del arco iris, antes de empezar a berrear con todas sus fuerzas. Papá también debió asustarse con la cara de aquel señor porque le dio por llorar como a nosotros y no hacía más que darle besitos a mamá.

Creo recordar que ese fue el primer castigo que nos ganamos por culpa del trasto de Tato. Al contrario que Tato, Toto era el más tranquilo de los tres y también el más listo. Mientras Tato hacía sus ejercicios matutinos, pegaba bien la oreja a la barriguita de mamá para escuchar las cosas que decían los mayores. Así aprendió los ríos de Europa, los colores del arco iris, las alineaciones del Atleti, los ingredientes de una ensalada y a decir hola en inglés. ¿Era “jelou” o era “gudbai”?, bueno eso ahora da igual, el caso es que desde que oyó hablar a papá por primera vez de un tal Kasparov y de lo bien que éste lo pasaba con una máquina ajedrecista, no pensaba más que en salir de la tripa de mamá para aprender a jugar a aquel juego. Por eso creo incluso que se alegró cuando Tato echó a perder la bolsa con sus ejercicios. Era la excusa perfecta para salir al exterior y aprender de una vez por todas las reglas del ajedrez, ese juego del que hablaba maravillas papá.

Recuerdo que Toto y yo aprendimos a gatear casi a un tiempo. Por ese entonces ya Tato sabía dar pasitos y hacer la voltereta. Lo cierto es que se estaba muy cómodo en la cuna o sentado en el sillón viendo los dibujos animados, pero aquello no satisfacía las ansias de sabiduría de Toto y a mí, el más expedicionario del grupo, me aburría un poco aquella rutina. Nuestra primera incursión la hicimos un día que mamá nos dejó sentados en el sillón frente a la tele. Se distrajo leyendo las revistas del corazón, y Toto y yo aprovechamos para escurrirnos al suelo y gatear hasta el periódico. Cuando mamá se dio cuenta llamó a papá y a los abuelos y los tíos, que vivían en el piso de arriba, para que viesen aquello. Toto se había interesado por las páginas de crucigramas, concretamente con los jeroglíficos. Yo, mientras, me entretenía rompiendo las hojas que a Toto no le interesaban. Nos sacaron fotos a los dos juntos, porque Tato, hiperactivo desde el embarazo, se había quedado por primera vez dormido en el sillón. Desde aquel momento, las incursiones hasta el revistero se repitieron cada mañana para desgracia de papá… Mis páginas preferidas para trocear eran las de deportes.

Aquella tarde marcaría para siempre el rumbo de nuestras vidas: Toto, el egiptólogo de la familia, descifró con facilidad el jeroglífico; Tato, el futuro campeón de gimnasia, bajó del sillón con un salto espectacular; y yo afronté con decisión mi primer caso como detective privado: “La desaparición del frasco de los Chupetes”.

Como dicen siempre los abuelos a los papás primerizos, lo mejor para que los bebés no se aficionen a chucherías es no dárselas a conocer hasta que crecen… Pero aunque los papás acepten el consejo y lo lleven a la práctica, siempre hay algo con lo que no cuentan: Las eterna “Vecina del Tercero”. La nuestra era una de esas marujas encantadoras de redecilla y rulos, vestido de flores y delantal blanco. Esa misma tarde se acercó a hacer una visita a los “chiquitines” del cuarto, con la mercancía prohibida camuflada en uno de sus bolsillos. Tres chupetes con sabor a cola que al primer despiste de nuestros padres acabaron en nuestras bocas. Con el primer chupetón, los tranquilos bebés sufrimos una transformación irreversible: Habíamos conocido el fruto prohibido, el terror de las familias numerosas: las chucherías.

Nuestra mirada inocente no volvería a ser la misma desde entonces…

La vida de nuestros padres también cambió radicalmente. Tres chupetes marcaban un antes y un después, una línea divisoria entre las tardes de tranquila siesta y las de llanto, pataleos y visitas desesperadas de papá al quiosco de la esquina.

Lo primero que aprende un niño es que por alguna extraña razón, el llanto consigue obrar maravillas. ¿Que no me quieren dar un chicle?, venga a llorar; ¿que no nos compran nada en el hipermercado?, venga a llorar, ¿que estoy aburrido y no sé qué hacer?, pues venga a llorar. Cuando uno es hijo único tiene poco que hacer con las lágrimas, cuando son dos los caprichosos, el llanto en estéreo puede obrar maravillas, ahora bien, cuando son tres los interesados, el “Dolby Sourround” de los lloros se vuelve irresistible.

A esta técnica recurríamos nosotros cada vez que queríamos un chupete como aquellos tan ricos de nuestra simpática vecina. A la primera mueca que hiciera presagiar un concierto por nuestra parte, ya teníamos a mamá recurriendo al frasco de los chupetes. Un frasco de cristal, transparente, lleno de chupetes de todos los colores y sabores, cuya mera observación ponía nuestras glándulas salivales a trabajar. Un frasco de cristal fruto de veneración para nosotros, que un día, sin más, desapareció de la cocina.

Lo malo de ser un bebé es que no puedes ir solo a ninguna parte, por dos poderosas razones: La primera, es que tus papás no te dejan ni a sol ni a sombra; y la segunda, es que aunque les hayas dado esquinazo, las casas están llenas de obstáculos infranqueables. Por fortuna hay días en que se olvidan puertas abiertas y puedes aprovechar para ir explorando sigilosamente la casa, hasta que algún adulto te encuentra y te coge en brazos. Precisamente, gracias a mis incursiones clandestinas en la jungla hogareña, la agilidad de Tato para superar las barreras físicas más inverosímiles y la ayuda intelectual de Toto, puede confeccionar a los pocos meses de empezar a gatear un mapa bastante detallado de toda la casa ―que Toto, por supuesto, se encargó de dibujar en su inseparable libreta de rayones―.

Solamente una zona se había resistido a mis planes de asalto, una única habitación clavada como una espina en mi orgullo de explorador precoz, un solo obstáculo que evidenciaba mis limitaciones como bebé. Por eso cuando desapareció el frasco de los chupetes, mi lógica infantil me dijo que éste sólo podía estar en “el cuarto de los trastos”. El trastero, como lo llamaba mamá, pese a ser la habitación más pequeña de toda la casa, daba cabida a toda clase de objetos. Según Toto, que sabía mucho porque todas las mañanas leía el suplemento cultural del periódico de papá, el trastero no podía ser otra cosa que un agujero negro como los que había en el espacio. Había leído tiempo atrás un artículo relativo a los últimos avances en la investigación de los agujeros negros y tanto le cautivó el tema que todo lo relacionaba con aquel extraño fenómeno. Un día, incluso, lo descubrió mamá tirando la chupa repetidas veces en un caldero porque se le había metido en la cabeza que era un agujero negro y por eso tenía que tragársela. No hubo manera de hacerle ver que el agujero era negro porque mamá había quemado las judías la semana anterior. Su conclusión era que el agujero negro no se había tragado la chupa porque era demasiado pequeño y que había que buscar uno mayor.

Debo admitir que cuando Toto me explicó su teoría de que el trastero era un agujero negro de grandes dimensiones no le di demasiado crédito,  de hecho, durante un tiempo me burlé abiertamente de él, pero después de varios días de atenta vigilancia comencé a darme cuenta de que el intelectual de la familia sabía muy bien lo que decía. El trastero se había tragado en menos de una semana la bicicleta vieja de papá, la tabla de planchar,  un carrito lleno de compra, seis pares de zapatos, cuatro cajas de juguetes para bebés, toda nuestra ropa, tres paquetes de pañales, dos cañas de pescar, diecisiete anzuelos, un cuadro de la abuela, unas botas azules, un cubo agujereado, una docena de archivadores, una lavadora nueva, y una colección de discos de Julio Iglesias. Todo ello descontando un congelador que el agujero negro debió escupir cuando dormíamos, porque fue a parar a un rincón de la cocina. ¡Menudo apetito tenían los agujeros negros!.

Lo único que no se comía el trastero era a las personas, porque mamá y papá entraban y salían de allí varias veces al día. La hipótesis de Toto era que no soltaban la manivela de la puerta, y que por eso no se los tragaba. Pero se ve que papá olvidó eso de agarrarse bien fuerte a la puerta para no caerse en el agujero, porque un día salió cojeando del trastero, echando pestes de las bombillas y maldiciendo a las instalaciones eléctricas. Al día siguiente vino a visitarnos un señor con barba vestido con un mono azul, que después de estar un buen rato en el trastero salió muy contento diciendo que todo funcionaba “a la perfección”. Imagino que a papá no le pareció tan perfecto, porque estuvo toda la tarde malhumorado y hablando mal de los electricistas, especialmente de los que atracaban a mano armada a los padres de familia numerosa, o algo así.

Le pregunté a Toto, sinceramente intrigado, que por qué salía ahora luz del agujero negro, si se suponía que los agujeros negros tenían que ser bien negros. Pero no sólo no me contestó, sino que se puso de tan mal humor como papá y se pasó el resto de la tarde con el ceño fruncido haciendo extraños palotes en su libreta. Por la noche, justo después del baño y mientras nos preparaban el biberón, aprovechando que nos habían dejado en el sillón, Toto sacó su libreta del pañal y nos hizo señas para que nos acercásemos. Había ideado un complejo plan para fugarnos de la cuna y averiguar de una vez por todas qué secreto escondía el cuarto de los trastos.

Como formaba parte del plan, esa noche apuramos hasta la última gota del biberón sin rechistar y, en contra de lo habitual, no nos peleamos en el sillón, ni nos tiramos del pelo. Antes de que mamá terminara de limpiar la cocina, ya estábamos durmiendo como angelitos. Precisamente eso: “angelitos” ―suspiro incluido―, fue lo que dijo mamá cuando nos vio a los tres tumbados en el sillón, fingiendo dormir a pierna suelta.

Como siempre, Tato estuvo a punto de estropearlo todo porque se puso a roncar como un hipopótamo. Sólo cuando lo pellizqué en una pierna para avisarle y me respondió, ligeramente sobresaltado, con un puntapié, advertí que se había dormido de verdad. Aguanté la patada con estoicismo, sin derramar una lágrima y pronto papá nos acostó uno a uno en la cuna. “Angelitos”, repitió ―suspiro incluido―, y se fue a la sala a ver una película en la tele con mamá. Los angelitos fingimos durante un cuarto de hora más y acto seguido nos dispusimos a ejecutar el plan de Toto. El primero en salir de la cuna fue Tato, que saltó la reja con gran agilidad, igual que había visto hacer por la televisión a los campeones olímpicos. Su ayuda fue decisiva para que Toto y yo, algo más entrados en carnes, pudiéramos escurrirnos por los pies de la cuna hasta el suelo.

La luz del pasillo estaba apagada, así que no tuvimos problemas para gatear sin ser vistos hasta la puerta de la sala. Allí comenzaba lo verdaderamente arriesgado de nuestra misión: pasar por detrás del sillón donde estaban recostados papá y mamá, gatear hasta la mesa del comedor, escurrirnos por debajo de las sillas y salir nuevamente al pasillo, justo enfrente del trastero. Si acaso nos descubrían o la puerta del comedor estaba cerrada, nuestra fuga habría sido un fracaso y en el futuro difícilmente podríamos volver a repetirla. Pero si alcanzábamos nuestra meta, todos nuestros desvelos se verían recompensados y por fin descubriríamos qué se escondía detrás de la puerta del trastero: ¿Sería el frasco de los chupetes?, ¿un terrible agujero negro dispuesto a engullirnos?, ¿o acaso sería una simple habitación como las demás?.

Cuando llegamos ilesos al trastero, aún teníamos estas preguntas en mente, y algunas otras que se nos acababan de ocurrir por el camino: ¿Por qué papá y mamá estaban acostados en el sillón?, ¿por qué aquellas risitas histéricas de mamá?, ¿por qué se quitaron la ropa y subieron ligeramente el volumen de la tele?, y sobre todo, ¿por qué el malo de la película esperó más de diez minutos para matar al bueno?, ¿acaso era tonto?, ¿no sabía que los amigos del bueno de la película estaban a punto de llegar?, ¿qué podían pillarle con las manos en la masa y darle una buena paliza?… Desde luego, a los mayores y los malos de las películas no hay quien los entienda.

Los espavientos de Toto me hicieron dejar temporalmente de lado mis dudas existenciales, para así poder centrarme nuevamente en la misión. Con la oscuridad reinante en el pasillo no había reparado en un detalle de suma importancia: alguien había olvidado la puerta del trastero abierta. Sentí un escalofrío desde la coronilla hasta la punta de los pies. Mi mente detectivesca se preparaba para entrar en acción. Como Tato y Toto no se decidían a entrar, temerosos de que el agujero negro se los tragara enteritos y sin masticar, asumí el mando de la misión y me dispuse a entrar de una vez por todas en el trastero.

El ansiado secreto estaba por fin al alcance de nuestra mano. Me acerqué gateando sigilosamente a la puerta y empujé hacia adentro con suavidad. Las bisagras chirriaron y los pelos se me pusieron de punta. Pedí silencio a todos y aguardamos expectantes a ver qué sucedía en la sala. Escuchamos algo parecido a unos gemidos apagados, ruido de muelles y los anuncios de la tele. Respiramos aliviados porque nadie nos había escuchado.

Entramos un poco temblorosos en el trastero, esperando ver la boca enorme de un agujero negro devorador de bebés, pero sólo encontramos un montón de trastos apilados sin demasiado orden. Había un ventanillo por el que entraba una luz tenue, más que suficiente para ver lo que nos rodeaba. Pese a todo, Tato se dio un golpe en la cabeza contra una caja.

Más tranquilo, me adentré con confianza en el trastero a fin de reconocer el terreno. Tato se había quedado atrás rascándose el chichón y observando cómo Toto, con una voluntad inquebrantable rayana a la cabezonería, buscaba debajo de los zapatos viejos el dichoso agujero negro. Justo en ese momento pude verlo en la primera repisa de la despensa, semioculto detrás de las botellas de refresco y las latas de conservas, justo enfrente de nosotros. Hice un gesto para llamar la atención de mis hermanos, que se acercaron hasta donde yo estaba. Sentados en el suelo, con el culito protegido del frío pavimento gracias al pañal, nos quedamos largo tiempo mirando absortos aquel objeto transparente, fruto de veneración para nosotros: habíamos encontrado el frasco de los chupetes.

Tato fue el encargado de encaramarse a la despensa y hacerse con el botín, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de Toto para abrir el frasco sin romperlo. Cuando regresó con los chupetes los repartimos a partes iguales y los guardamos en el pañal. El camino de vuelta, pese a la euforia, se nos hizo mucho más largo. Papá y mamá habían apagado la tele y aunque seguían acostados en el sillón, cualquier ruido podía delatar nuestra presencia. A pesar de todo, nuestra incursión nocturna terminó en un rotundo éxito y cuando mamá se acercó a darnos el beso de buenas noches, ya estábamos durmiendo en la cuna a pierna suelta. Demasiadas emociones para una sola noche.

Me habría gustado permanecer despierto para ver la cara de mamá al descubrir nuestras manos repletas de chupetes, pero ningún bebé es perfecto, por muy aventurero que éste sea.

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Lo excéntrico de la escritura indigente

Crónica de un falso relato que conduce a la nada

  

«El  pensamiento  vuela,  y  las  palabras

 van a pie. He aquí el drama del escritor»

JULIEN GREEN

 

I. 

DIARIO ELECTRÓNICO DEL DR. SANZ DE HEREDIA
Lunes 16 de marzo de 2020
(23.45 horas)

Esta mañana he vuelto a ver al nuevo paciente de la planta de psiquiatría del Hospital Universitario. Esta ha sido mi segunda visita desde su ingreso el pasado sábado. Su caso resulta desconcertante e insólito. Me gustaría estudiarlo en profundidad, sin duda solicitaré permiso al director de la unidad para visitar regularmente al paciente. El inicio de una investigación podría ser un buen motivo para la concesión del mismo.

Hasta ahora, el Dr. Sánchez ha sido muy cortés al permitirme visitar de forma oficiosa al que es su paciente. Me habría gustado consultar el historial médico, pero aunque nuestro trato es cordial, considero que Sánchez y yo aún no tenemos la suficiente confianza para pedírselo abiertamente. Dudo mucho que acceda al mismo hasta que el director no me conceda formalmente el permiso de visita.

Hasta ese momento, transcribiré las notas que vaya acumulando durante el día: 

* * *

 DESCRIPCIÓN DEL CASO: Antonio Buenaventura.

El paciente, varón de 27 años de edad, ingresa por el servicio de urgencias del centro, escoltado por fuerzas de la autoridad durante la madrugada del sábado catorce de marzo, con síntomas de deshidratación, desfallecimiento y leves taquicardias. Ingresa en la planta de Psiquiatría tras ser sedado por un episodio violento durante la entrevista con el psiquiatra de guardia y su esposa. Esta última solicitó ayuda a la policía para trasladar a su marido al hospital, tras setenta y dos horas de reclusión voluntaria del paciente en una habitación de su domicilio sin contacto social alguno.

No hay evidencia de etimologías orgánicas o consumo de sustancias psicoactivas.

Otros datos: La esposa del paciente ha facilitado manuscritos redactados por el enfermo durante las últimas semanas (dispongo de copia). El análisis muestra desequilibrio en grafismos. En los escritos de los últimos tres días, coincidiendo con su encierro, la escritura pasa a ser ilegible.

ANTECEDENTES:

Teniendo en cuenta el testimonio de la esposa, el paciente no había mostrado hasta el momento comportamiento extraño o peculiar, por lo que no encontramos en actitudes pasadas síntomas que puedan justificar su actual estado de ansiedad. Los familiares del paciente residen en Colombia y hasta el momento no ha sido posible contactar con ellos.

 HALLAZGOS EN LA EXPLORACIÓN:

A día de hoy el paciente demuestra estar bien orientado en tiempo, espacio y persona. No se muestra suspicaz, aunque revela cierta tendencia al desarrollo de conducta violenta. El paciente maneja ideas raras, su comportamiento es extraño, excéntrico y un tanto peculiar, pero no tiene síntomas propios de esquizofrenia. Aunque en principio tiene ideas que pueden ser calificadas como algo delirantes, no pueden justificar de ninguna manera el diagnóstico de trastorno transitorio o persistente de ideas delirantes (tampoco, desde nuestro punto de vista, se debe codificar como trastorno esquizotípico).

El paciente evidencia trastorno de tipo obsesivo compulsivo (en adelante T.O.C.), con pensamientos persistentes y recurrentes, muy perturbadores, relacionados con su propia aptitud mental para la creación literaria. Desarrolla ritual compulsivo, rutinario, de carácter autodestructivo, consistente en escritura constante sin intervalos para el descanso, la higiene o la alimentación. El ritual no consigue aliviar la ansiedad producida por las obsesiones.

En tratamiento con Clomipramina.

Dado que no existen antedecentes psiquiátricos, conviene valorar la posibilidad de su traslado a la Unidad de Modificación de la Conducta (de la que seré nombrado director la próxima semana), para la aplicación de un tratamiento alternativo con técnicas de Psicoterapia, haciendo hincapié en la modificación de pensamientos irracionales e improductivos. En caso de que el cambio de tratamiento se lleve a cabo, conviene evaluar las respuestas del organismo para adaptarse a situaciones de presión.

* * *

Teniendo en cuenta lo expuesto hasta el momento parece ser que nos encontramos ante un caso de TOC dentro de los parámetros habituales, sin embargo, las sucesivas conversaciones que he mantenido con el paciente, en su mayoría de contenido filosófico o ético-moral, han conseguido desconcertarme.

Antes de dar lugar a cualquier valoración subjetiva, transcribiré la última conversación que he mantenido con el paciente y que he grabado para analizarla a posteriori (donde: Y=yo, P=paciente). He obviado los saludos y la toma de contacto inicial, pasando a la parte que considero verdaderamente significativa:

 

P: (…) Todos creen que estoy loco, incluso yo mismo admito haberlo pensado alguna vez. Ahora dígame doctor, ¿comparte usted la opinión de sus colegas?.

Y: Verá  el hecho de que haya sido ingresado en esta unidad no implica que haya perdido el juicio. Opino que ese tópico está superado desde hace mucho tiempo. Debe pensar que velamos por su propia salud, y que el encierro al que usted mismo se sometió le perjudicaba seriamente. Necesita un descanso para aclarar sus ideas, y créame, no hay mejor lugar que este centro hospitalario… 

Pero dígame, Antonio, ¿por qué dice que ha pensado usted estar loco?. Interpreto por sus palabras que es algo que creía en otro momento, pero no necesariamente ahora. 

P: Hasta cierto punto, doctor, su observación es acertada. Desde que he ingresado en este hospital, he dispuesto de tiempo más que suficiente para reflexionar sobre mi propio estado mental. No obstante, aunque no lo hubiera hecho la conclusión obtenida habría sido la misma: No estoy loco, pero de alguna forma desearía estarlo. Puede incluso que mi extraño comportamiento durante los últimos días haya sido debido a un súbito acceso de locura o a un intento voluntario por mi parte de buscar la demencia. 

Supongamos por un momento que realmente estoy loco. Si así fuera, resultaría absurdo pensar que un demente como yo fuera capaz de concebir un relato coherente pero, ¿quién dice que en la lucidez resida lo que busco?. Cuando se trata de elevar el sentido de la creación, la dicotomía de lo cuerdo frente a lo insano se difumina. La propia limitación del entendimiento humano es la que me revela como loco, cuando lo único cierto es que me encuentro en un lado inexplorado de la misma realidad. 

Un sueño no es más que el fruto de la mezcla de unas vivencias experimentadas durante la vigilia, que representa en nuestro pensamiento un mundo de objetos inexistentes con tal viveza que los creemos reales. La pesadilla no es más que una mezcla de las mismas vivencias en un orden desigual y angustioso. Al despertar descubrimos que, en ambos casos, las imágenes no tienen existencia real, sin embargo, fruto de nuestro propio pánico ante lo que no entendemos, sólo reprimimos la pesadilla, y nuestro propio subconsciente la aleja enviándola al territorio de lo oscuro e indescifrable… 

Y: No sé si he comprendido lo que quiere decir. ¿Está usted insinuando que ha buscado deliberadamente la locura para poder escribir mejor?. ¿Acaso no tiene fronteras la capacidad creativa?. ¿No es la irracionalidad de la propia locura una de ellas?. 

P: La frontera a la capacidad creativa no puede ser la ausencia de cordura, sino más bien la existencia física que, actuando como cárcel de las ideas, limita la facultad y supremacía del pensamiento. No obstante, la limitación que supone la naturaleza material de las personas, lo que hay de permanente en un ser, es sólo un espejismo, puesto que, aunque resulte paradójico, la cárcel del pensamiento son sus propias ideas. Desde el momento en que la mente se convence a sí misma de estar anclada en un cuerpo, y que sus ideas son fruto de las percepciones de sus sentidos, limita su verdadera e inagotable capacidad a la mera experiencia. 

Para alcanzar la esencia de la creación literaria, se ha de aislar la parte material del entendimiento. Pero, ¿cómo separar una alianza de semejante perfección?. ¿Cómo admitir la existencia de ideas sin experiencia previa?. ¿Cómo conocer qué es una flor sin haber percibido su olor ni haber aprendido su nombre?. La propia limitación de nuestras mentes nos impide responder a semejantes inquietudes, y demuestra que utilizamos una parcela evidentemente insuficiente de nuestro entendimiento, que nos obliga a sentirnos continuamente obstaculizados. 

Aceptada la ilimitada capacidad de una liberada mente humana consistente en ideas fluyendo en estado puro, ¿qué hace suponer que sus propias facultades no encuentren solución a los dilemas que usted propone?. 

Y: Creo entender lo que quiere decir, pero si le soy sincero, no logro comprender cómo pretende usted separar mente y cuerpo, porque… (me interrumpe). 

P: Sí, sí, por supuesto, dotar de autonomía a la razón es un ansia de difícil remedio, pues exige confundir la propia mente con el propósito de que actúe con independencia una vez se crea libre. Y es necesario que se crea libre aunque no lo sea, en la medida en que sólo el cuerpo puede dejar constancia tangible de la actividad intelectual. Nada resulta más inútil que la ausencia de vida, en la medida en que el pensamiento, de naturaleza etérea, alcanza autonomía, pero no puede dejar constancia de su raciocinio, y por no conseguirlo resulta estéril. 

Ante esta necesidad, ¿cómo liberarme de las percepciones sensoriales sin renunciar a la vida?. Si la materia orgánica es activada por lo que no es materia, tal empresa resulta imposible, significaría negar mi propia existencia. Para ello, obsesionado como escritor, puedo pensar que escribo, y puedo equivocarme a cerca de que en ese momento lo hago, pero no puedo negar que pienso que escribo, y se asegura que ya lo dijo un elocuente pensador mientras en un juego de cartas sustituía las que tenía en una mano por otras tantas de las que no se habían repartido: “Si pienso, existo”, verdad primera a la que hay que añadir que la existencia está unida a la vida, como la vida lo está a la materia. 

Ante semejantes impedimentos, ¿cómo escapar a mis limitaciones?, ¿existe una fisura que me ayude a adueñarme de las ideas que mi propia mente ha encarcelado?. 

Existe. 

Lo cierto es que comenzar a escribir por escribir, sin dar tiempo a pensar que se escribe, anotando una palabra tras otra, sin conceder tregua, con el propósito de que la mente no pueda pensar que está desarrollando una obra maestra, con la intención de que no encuentre el vocabulario más apropiado, con el fin de que se desvíe de aquel fin último como es dar coherencia al escrito, eleva el sentido de la creación. 

Y: Pero… (intento hacer una observación, pero sigue hablando). 

P: Escribiendo frenéticamente se olvida que se escribe, y por lo tanto este arte se puede realizar tan maravillosamente como el desarrollo del pensamiento. Lo fascinante de una forma de escritura indigente es que el resultado es totalmente impredecible en la medida en que ni el propio autor es capaz de conocerlo. 

Créame, doctor, jamás he sido capaz de llevar al papel lo que represento en mi mente. La mente es por su naturaleza la mejor escritora, sin duda alguna, porque tiene ideas innatas, sin explicación, sabe cosas que después no somos capaces de describir, ideas que no somos capaces de plasmar. Una verdadera obra maestra es aquella que ni el autor es capaz de descifrar, cuyo significado escapa a la capacidad convencional del raciocinio humano, una verdadera obra maestra de la literatura es aquella capaz de someter plenamente el alma del lector a la voluntad de quien escribe, durante el tiempo que dura la lectura. Ha llegado a mis oídos que algo así dijo ya un poeta. 

Y: Comprendo (le interrumpo), comprendo que al escribir de esta forma trate de dotar al pensamiento de autonomía, ¿pero qué tiene esto que ver con la locura?. ¿Justifica la locura su comportamiento?. 

P: Claro. Todo sería distinto si no estuviera loco, estaría en disposición de aceptar las limitaciones del conocimiento. Puede que, incluso, no reparase en este hecho. No se puede negar la falta de cordura. Pero, bien pensado, yo no puedo estar loco, porque, ¿qué persona en medio de la insania sería capaz de discernir con semejante cordura?, ¿qué desorientado sería capaz de encontrar semejantes argumentaciones?. Es más, ¿quién ha establecido los límites para determinar dónde se encuentra la separación entre la mente lógica y la irracional?. 

El pensamiento que se transcribe con plena autonomía de mi mente al manuscrito, señala una fisura en la frontera, en el límite, donde es imposible hacer catalogaciones. Finalmente lo he averiguado, doctor, sólo le pido que me provea de los medios necesarios para plasmarlo, ¡qué me libre de estas cadenas mientras dure el nacimiento de mi propia creación, de mi obra maestra!. Lo excéntrico de la escritura indigente supera el signo de lo real para demostrar que lo irreal también puede llegar a ser lógico, y ante tal paradoja, la locura es sólo un demonio creado por el hombre, una brizna de niebla que se mezcla en la atmósfera y desaparece, y al desaparecer, no existe.

* * *

Habría querido continuar con aquella conversación, pero fue necesario sedar al enfermo que tuvo una nueva reacción airada ante una negativa por mi parte a facilitarle material de trabajo. En cualquier caso, de momento esta conversación resulta suficiente para comenzar mi estudio.

A título personal he de decir que sus palabras me han dado ha dado mucho en qué pensar. Por un lado evidencian cuál es la obsesión del paciente por su labor creativa, aunque por otro demuestra que éste ha hecho un esfuerzo intelectual vigoroso por demostrar objetivamente que sus ideas son acertadas. Y lamento decir que en cierto modo lo son, si aceptamos como punto de partida que la razón no puede ser dotada de autonomía y que el pensamiento va un paso por delante de nuestros propios actos. El suyo puede ser equiparado a uno de los viejos anhelos de la Medicina: encontrar mecanismos útiles para utilizar plenamente el cerebro humano.

Sin duda se trata de un argumento consistente, aunque creo que no ha sido elucubrado en este hospital (tal y como el paciente afirma). Interpreto por sus palabras que todas estas conclusiones las había obtenido con anterioridad, y por ello ha protagonizado ese experimento absurdo en su domicilio.

Desde mi punto de vista, la clave de su obsesión podría ser dividida en dos ideas complementarias: Por un lado tenemos la supuesta limitación del pensamiento humano, y por otro la necesidad de encontrar un método para liberar las ideas y alcanzar, cito palabras textuales: “la esencia de la creación literaria”. Lo que el paciente denomina “escritura indigente” (denominada así, posiblemente, por el método extremo utilizado para practicarla), no es otra cosa que el ritual obsesivo-compulsivo, utilizado por el paciente para aliviar su ansiedad.

Resulta conveniente evaluar el alcance de la agresividad del paciente, para determinar hasta qué punto resultaría factible la aplicación de Psicoterapia. Intentaré hacer un nuevo reconocimiento mañana, a la espera de obtener más datos. 

* * *

Dejando de lado el caso del “escritor indigente”, hoy he vuelto a encontrarme con Marta Vallejo. Hemos hablado mientras tomábamos un café en uno de mis descansos. Parece haber superado la depresión. No sé si es ético por mi parte iniciar una relación con una antigua paciente, pero la he invitado a cenar el miércoles.

II.

DIARIO ELECTRÓNICO DEL DR. SANZ DE HEREDIA
Martes 17 de marzo de 2020
(19.45 horas)

El día de hoy ha sido largo y problemático. El trabajo se ha multiplicado en el Hospital a consecuencia de un lamentable accidente de tráfico en el que han colisionado dos autobuses escolares. Nos hemos visto obligados a atender a decenas de personas, algunas de ellas en estado de shock.

Estimo que el nivel de trabajo se mantendrá hasta finales de semana, teniendo en cuenta que algunos pacientes permanecen ingresados con pronóstico grave. No obstante, espero tener durante el día de mañana tiempo suficiente para continuar estudiando el caso de Antonio Buenaventura. Me habría gustado pasar por la Planta de Psiquiatría hoy a última hora, pero he considerado impropio abusar de mi condición para visitar a enfermos fuera del horario habitual de consulta. Lo más probable es que el Dr. Sánchez se hubiera sentido ofendido.

El cansancio también ha hecho mella en mí y ello probablemente ha influido en mi decisión de posponer la visita. El cualquier caso, soy consciente de que no debo prolongar en exceso el estudio del caso del escritor, ya que debo presentar una ponencia a respecto en el próximo congreso, que se celebrará, según la información que me han facilitado durante la mañana de hoy, el próximo día 1 de abril. Por fortuna se celebrará en Madrid, así no tendré que desplazarme (el delicado estado de mi espalda no lo aconseja).

Curiosamente, hoy he vuelto a encontrarme por los pasillos del hospital a Marta. Aunque apenas tuvimos tiempo para hablar, acertó a explicarme que una buena amiga estaba ingresada y que había venido a visitarla. Me habría gustado pasar más tiempo con ella, pero justo en ese momento me llamaron por megafonía. Comenzaban a llegar los primeros heridos y sus familiares. Durante toda la mañana ha reinado en el hospital la angustia y la desazón de los padres de los niños. La madre de una niña de diez años que murió intentó suicidarse lanzándose por una ventana. Tras un acalorado debate se decidió ingresarla en la Unidad de Modificación de Conducta en lugar de la planta de Psiquiatría, como viene siendo habitual.

Considero que el argumento utilizado en este caso me será muy útil cuando solicite el traslado de Buenaventura a mi unidad. Sólo espero que ello no suscite un enfrentamiento personal con Sánchez, ya que ello podría afectar a mi normal nombramiento como director de planta. No me gustaría que el acto fuera afectado por algún tipo de polémica.

Lo cierto es que no debería pensar en problemas que quizá nunca se produzcan, sin duda estoy demasiado cansado, voy a intentar dormir y escribir algo más durante el día de mañana (no debo olvidar que mi cita con Marta está programada para las nueve de la noche y que debo recogerla en su casa).

 

III.

DIARIO ELECTRÓNICO DEL DR. SANZ DE HEREDIA
Miércoles 18 de marzo de 2020
(16:00 horas)

Aunque no es habitual en mí escribir tan pronto, lo haré para transcribir al diario un breve escrito de Antonio Buenaventura que casualmente ha llegado a mis manos. Mientras compraba un periódico en el quiosco he visto en la portada de Nueva Revista Literaria, un artículo firmado por Buenaventura, y he comprado un ejemplar de la publicación.

Hoy tampoco he tenido oportunidad de visitarle, no obstante, espero poder hacerlo mañana y pasado (quizá, incluso, el sábado). Estimo que en una semana tengo tiempo más que suficiente para redactar la ponencia, ya que puedo adaptar perfectamente a este caso el texto que había preparado con anterioridad, (referido a otro escritor mucho menos profundo, pero preocupado también por su incapacidad lingüística).

El escrito de Buenaventura está a medio camino entre el relato y el artículo. Teniendo en cuenta la información de que dispongo sobre su caso, da la impresión de que se trata de un relato autobiográfico. En el texto aparecen sin ningún género de dudas (aunque a grandes rasgos), las ideas obsesivas del paciente.

* * * 

COPIA DEL ARTÍCULO PUBLICADO POR ANTONIO BUENAVENTURA

Nueva Revista Literaria, Nº7

18 de marzo de 2020

 

CARTA A MIS QUERIDOS AMIGOS ESCRITORES, COMPAÑEROS DE OFICIO

 

«¿Qué hay en un nombre?. ¡Lo que llamamos rosa exhalaría

el mismo grato perfume con cualquier otra denominación!»

 

(Romeo y Julieta, Acto II, escena 2)

W. SHAKESPEARE

 

            He soñado muchas veces despierto: Mientras leía, mientras jugaba, mientras veía amanecer, mientras escribía, mientras lo que fuera. Debo confesar que desde niño he sido un soñador empedernido, de los que exasperan a sus madres por andar demasiado a menudo con la vista perdida en el horizonte. Me volví aún más soñador cuando aprendí a leer, porque los libros alimentaban mi imaginación. Tanto más, si cabe, cuando aprendí a escribir, porque la imaginación alimentaba mis libros. 

            Imagino que por eso decidí un día ser escritor: Tenía la sana intención de cobrar por lo que mejor sabía hacer, esto es, soñar. Me había dado cuenta a tiempo de que las empresas no contratan a soñadores. ¡A nadie, excepto a las editoriales, se les ocurriría pagar por soñar! (y mucho menos al Estado, pobres funcionarios). 

            Jamás he visto un anuncio de periódico que diga: “Se busca soñador empedernido”, o mejor aún: “Se busca soñador empedernido con disposición plena para la ensoñación” (exceptuando la ocurrencia de algún bromista). Era lógico, pues, que eligiera ser escritor. 

            Hasta el momento de tomar esa decisión (no hace mucho, como la mayoría sabréis), era relativamente habitual en mí decir: “Algún día me pagarán por mis ideas”, pero bajo ningún concepto eso de: “Algún día me pagarán por mis sueños”. 

            Aunque bien pensado, al escritor no se le paga por soñar, ello es hasta cierto punto una falacia; al escritor se le paga por transcribir al papel sus sueños (con mayor o menor fortuna), que no es lo mismo. Pese a todo, lo habitual es que el escritor no escriba lo que sueña, sino lo que ven sus ojos, lo que perciben sus sentidos. A esto último no le encuentro mérito alguno. Se trata de un trabajo descriptivo (como el que yo realizo ahora), en el que puede más la metodología de trabajo, el orden, el procesador de textos, que la creatividad. 

            Desde mi punto de vista tiene más mérito escribir sobre lo que se imagina que sobre lo que se ve, esto es, describir un objeto imaginario, que acaso nunca ha existido y probablemente nunca existirá, en lugar de un objeto que tenemos ante la vista. Soy consciente de que nuestros propios sueños son representaciones de lo que nuestros sentidos han percibido a lo largo de nuestras vidas (no sólo en un momento puntual de ellas), por lo que la diferencia a priori resulta escasa entre la descripción de lo real y la descripción de lo imaginario. 

            La primera divergencia la encontramos cuando el texto no es realista, sino fantasioso y se escribe, como ya he expresado, cosas que jamás se han visto y puede que nunca existan. Si bien siempre nos apoyamos en lo que conocemos y por eso los extraterrestres de los relatos de ficción tienen patas y cabeza (y a veces incluso rostro), y vehículos espaciales. Nos los imaginamos como algo intangible, etéreo, sin fisionomía, indescriptible, no experimentado… 

            Pero esto es así porque estamos atados a nuestros sentidos (o al menos nuestras mentes). Arrastramos esta dependencia como un presidiario que arrastra cadenas y grilletes. Por eso los sueños de los que yo hablo pueden ser equiparados a las ideas, al pensamiento, a las representaciones mentales en estado puro. 

            ¡Cuántas veces hemos tenido una idea, una ocurrencia que hemos sido incapaces de transcribir al papel!. ¡Con qué frecuencia el resultado de nuestros escritos no alcanza la perfección de nuestro pensamiento!. Cuando soñamos, cuando imaginamos, no escribimos simultáneamente. Escribimos al final del proceso, cuando el pensamiento no existe. Escribimos, pues, el recuerdo de ese pensamiento, no la idea en sí. 

            Por ello quizá sea más correcto decir que al escritor (y a mí, como tal), no se le paga por soñar, sino en todo caso por escribir con oficio  o, en todo caso, describir con corrección. 

            Qué feliz sería el escritor si se inventara una máquina que transformara en palabras nuestras ideas, los pensamientos e incluso los sentimientos. Obviamente, puede pensarse que tales máquinas acabarían con la figura del escritor, pero no es así en la medida en que no todas las personas están cualificadas para soñar (en el sentido que yo le atribuyo a este término). Si existiera tal invento, una maravilla como esa, sólo serían escritores los personajes verdaderamente imaginativos. 

            Por fortuna no serían escritores los individuos capaces de hacer un esquema, desagregar el núcleo de la trama y escribir un libro. Escribir es mucho más que preguntarse: “¿qué voy a contar?, ¿cuántos personajes quiero en la historia?, ¿cómo se relacionan?, ¿dónde viven?, ¿porqué visten como visten?,¿ porqué no fuman?, ¿cómo se conocen?, etc”. Eso es muy fácil, amigos escritores, compañeros de oficio, cualquiera con un mínimo entrenamiento podría ser escritor (he aquí el peligro de los talleres literarios, que supuestamente enseñan a escribir). 

            Los escritores de verdad son los capaces de crear un mundo a su medida y paralelamente un mundo para cada lector. Afortunadamente es precisamente el lector quien sabe diferenciar entre una historia redactada con corrección y una redactada con sentimientos es estado puro. 

            “¿Hay algún escritor ahora mismo con estas características?”, me pregunto. “Posiblemente no”, respondo, porque las capacidades que desearía en el escritor escapan a las posibilidades de nuestro intelecto. Todos vivimos anclados en las percepciones de nuestros sentidos, todos somos “descriptores” con oficio (unos con más oficio que otros, los más premiados y reconocidos), contadores de historias. 

            Los escritores de verdad no existen o mejor dicho, no existirán mientras no sea posible transcribir al papel nuestras ideas. La mente es sin duda la única y mejor escritora. Pero hay tantas mentes (y mentalidades) distintas… 

            En estos momentos lo única esperanza que me queda de que exista realmente la figura utópica del escritor, tal y como yo la concibo, es que todos seamos personajes de un cuento, de una historia infinita donde todo lo conocido tenga cabida, de un relato escrito por un supraescritor. Una persona que en alguna parte escribe pensamientos, que imagina mundos,  que es la razón de nuestra existencia. ¿Pero acaso no existe la posibilidad de que el propio escritor que escribe nuestro destino sea a su vez un personaje de otra historia, donde otro supraescritor asume las riendas de nuestro destino y del propio destino del escritor?. ¿Qué sucedería entonces si esta nueva figura decide la muerte del escritor primero, el que nos ha creado?, ¿desapareceríamos?, ¿acaso surgiría de la nada un tercer supraescritor dispuesto a asumir la redacción del todo?. ¿Cuántos supraescritores habría entonces?. Sólo uno, supongo, porque dispuestos a extender la cadena hasta el infinito, el Creador de todo lo que nos rodea no puede ser otro que un Dios escritor. ¡Qué desgracia para las religiones monoteístas!. ¡Cuántos siglos de errores!. 

              Así, pues, si todos podemos ser personajes de una historia que está siendo escrita,  lo más probable es que Antonio Buenaventura tenga razón al hablar de la incapacidad lingüística de todo escritor (y que conste que no hablo ya del Antonio Buenaventura que escribe esta carta, sino del personaje de un cuento que utiliza pensamientos ajenos para describir los suyos), ya que como escritores estamos sometidos a una doble limitación, la que nos limita como escritores, y la que, como escritor, limita al creador de nuestra propia historia. Si es que acaso este supraescritor, con su suprarrealidad existe, si verdaderamente es real y no un falacia de mis sentidos. Como tantas otras. 

              “Señor escritor desconocido, si está creando usted mi historia, ¿por qué no da lugar a un mundo perfecto, más sencillo, menos duro, más a la medida del hombre?. Señor escritor anónimo, ¿no me escucha, verdad?. Si me escucha, por favor, no tire este fragmento de mi vida a la papelera. Es demasiado importante, tiene demasiado de usted y todo de mí. Olvide los errores y tachaduras, simplemente siga escribiendo sin mirar atrás. Si es usted el Dios escritor que imagino, no abandone nunca la redacción de esta historia universal que lo explica todo desde el planeta Tierra hasta los confines del Universo”.

 

Firmado:

 

Antonio Buenaventura.

Personaje de un cuento.

* * *

 

Llegado a este punto, después de haber reproducido este escrito de Buenaventura, me siento tentado a decir de él lo mismo que R.L. Stevenson dijera de Poe al afirmar que “el ser capaz de escribir El Rey Peste había dejado de ser humano”. En este caso es Buenventura quien ha dejado de ser humano y posiblemente me haya arrastrado con él en la deshumanización.

Debo dejar el diario para ir a recoger a Marta, imagino que escribiré algo más a mi regreso.

Si algún día alguien lee este diario debo pedirles disculpas ahora por lo que voy a hacer a continuación, pero me ha sido imposible resistir la tentación.

Firmado:

Samuel Sanz de Heredia.

Personaje de un cuento.

IV.

DIARIO PERSONAL DEL AUTOR DE: “LO EXCENTRICO”.
Martes 30 de enero de 2001
(16:35 horas)

 

No estoy satisfecho con el trabajo que he realizado al escribir: “Lo Excentrico…” y me voy a deshacer de él. Tengo que renovarme, no puedo empeñarme en seguir caminos que sólo consiguen extraviar al lector.

Pido disculpas, como supraescritor, a los personajes de este cuento por destruir de esta forma su mundo, pero el mío es mucho más importante.

Firmado:

Anónimo

Personaje de un cuento.

 

V.

DIARIO PERSONAL DE UN DIOS ESCRITOR
Martes 30 de enero de 2001
(16:36 horas)

No me convence el personaje del escritor, que firma, además, anónimo, lo voy a eliminar de la historia, mejor aún, lo voy a cambiar por completo. Al fin y al cabo él no recordará lo que fue en personajes pasados, sino lo que está siendo en el personaje actual. He decidido que lo suyo será la investigación académica.

Firmado:

Un Dios Escritor.

¿Personaje de un cuento?.

VI.

DIARIO PERSONAL DEL ÚNICO Y VERDADERO DIOS ESCRITOR
Martes 30 de enero de 2001
(16:37 horas)

FIN.

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Definición de amistad

Sobre la amistad se podría escribir un tratado, una tesis doctoral, una colección de libros, un ensayo, una carta; poesía, obras de teatro, discursos, guiones, correos electrónicos, un post en un Blog como éste. Sobre la amistad se podría escribir sin interrupción y hablar durante horas, pero a mi me gustaría hacer una breve reflexión.

Por casualidad me encontré en internet con un enlace a la definición de amistad de la RAE y lo abrí, decía:

amistad.

(Del lat. *amicĭtas, -ātis, por amicitĭa, amistad).

1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

2. f. amancebamiento.

        (De amancebarse).

        1. m. p. us. Trato sexual habitual entre hombre y mujer no casados entre sí.

3. f. Merced, favor.

4. f. Afinidad, conexión entre cosas.

5. f. ant. Pacto amistoso entre dos o más personas.

6. f. ant. Deseo o gana de algo.

7. f. pl. Personas con las que se tiene amistad.

No está mal la definición de amistad que hacen los académicos de la lengua porque es verdad que es un afecto personal y por eso sentimos un profundo cariño hacia la otra persona y se establece un vínculo de unión inexplicable. También es cierto que ese afecto es puro y desinteresado, porque creo que sólo es comparable al que podemos sentir hacia un familiar y si tuviéramos un interés material o de cualquier tipo para estar con alguien, efectivamente, no sería amistad sino conveniencia Evidentemente la amistad se comparte con otra persona, por mucho que se diga que el perro es el mejor amigo del hombre. Y sí, la amistad nace, no se hace, surge del trato, no puedes ser amigo de quien no conoces, de alguien con quien nunca has hablado, para ser amigos antes hay que encontrarse. La amistad, sin lugar a dudas se fortalece con el tiempo, con el mismo trato, como bien dicen los sesudos académicos.

Hasta aquí todo bien, enhorabuena, vaya definición, lo habéis clavado, qué tíos los de la academia, con un diccionario en la mano y en dos líneas, ya sabemos todos qué es la amistad. Mis cojones. No sabemos una mierda.

Yo pondría en el diccionario que esa es una definición de amistad verdadera para que no nos llevemos a equívocos, porque a la hora de la verdad llamamos amistad a cualquier cosa. Cuántes veces me habrán dicho: “mira, te presento a mi amigo Tal”. ¿Amigo?, ¡pero si apenas le conoces!. Te cae bien, le tienes cariño, te hace reír, tienes alguna que otra confidencia, pero no sabes casi nada de esa persona. ¿Has estado en su casa?, ¿conoces a su familia?, ¿sus preocupaciones?, ¿sus aficiones?, ¿qué sabes de él o de ella?.

Me pregunto si conocer a alguien y hablar de vez en cuando, incluso con frecuencia, puede considerarse amistad, aunque aparentemente cumpla los requisitos de la definición. Me da la impresión de que no y que banalizamos la amistad, tenemos muchos “amigos”, cuando en realidad amigos se debería tener unos pocos, contados, escasos, maravillosas excepciones, que no necesariamente excepcionales, frente al resto de personas que conocemos.

Porque muchas veces en los que consideramos “amigos”, sí hay un interés por estar a nuestro lado, una motivación, un interés, la puta conveniencia. Porque no queremos estar solos, porque queremos compañía, porque necesitamos hablar con alguien y compartir. Si esos “amigos” que sólo son conocidos lo fueran de verdad, no tendríamos tantos problemas, tantos desengaños, no existiría tanta traición, rajadas por la espalda, enfrentamientos, tensiones, falsedad. También hay muchas personas buenas, que nos ayudan desinteresadamente, que son solidarios, pero tampoco son nuestros amigos.

Vivimos en un mundo falso y de mentira donde la amistad verdadera es un milagro de tal envergadura que permite que esto se mantenga en pie. Tanto es así que nuestra necesidad de estar acompañados y no sentirnos solos nos lleva a considerar “amigos” a personas con las que contactamos por redes sociales y que realmente no conocemos de nada.

Echo de menos en la definición las palabras confianza y lealtad, porque la amistad en esencia es eso, pero nos empeñamos en quedarmos en la superficie, por eso nos basta con la simpatía y camaradería como sucedáneos de la amistad.

Lo que me parece de traca y de cachondos mentales, queridos académicos de la RAE, es que como segunda entrada esté el término “amancebamiento”, entendido como “trato sexual habitual entre hombre y mujer no casados entre sí”. Vamos, lo que son los follamigos de toda la vida. Por mucho que se empeñen me cuesta aceptar que dos personas que follan puedan ser amigos. Es verdad que a veces se tiene necesisad de sexo y que sea tu amigo/a no quiere decir que no te puedas sentir atraído sexualmente por alguien, faltaría más, pero la experiencia me dice que cuando las amistades se empotran acaban convirtiéndose en otra cosa y la amistad, si existió a menudo se rompe. A la amistad le cuesta convivir con el sexo, para qué negarlo.

Mención aparte merece el comentario de “entre hombre y mujer”, que a todas luces sobra, porque el matrimonio homosexual y las uniones de hecho entre personas del mismo sexo hace tiempo que son más que una realidad, mis queridos y retrógrados académicos.

La dificultad para escribir y hablar de la amistad es que se trata de una mezcla de sentimientos necesariamente impregnados con la palabra amor, porque a un amigo verdadero también se le ama.

Así que no seré yo quien defina aquí la amistad, me conformaré con ser uno más que se equivoca confundiendo amistad con otra cosa, porque resulta más fácil hablar de lo que no consideramos amistad que de la amistad en sí misma. Ojalá fuera posible mostrar aquí en imágenes, como si de una película se tratara, mi relación desde el principio con mi mejor amigo. Cuando lo hubierais visto diría: ” Y esto es la amistad”.

Estoy seguro de que se entendería.

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